En nuestra primera cita maté a tu perro. Usé una roca grande que alguien había dejado al borde de la banqueta. Me tomó un solo golpe, todo quedó en silencio; fue entonces que sentí tu mirada. Estabas parada en el umbral de la puerta de tu casa; nunca me habías visto así.

Ese día me desperté muy emocionado; me bañé y me vestí rápido porque iba en bicicleta y no sabía cuánto me tardaría; además, iba a pasar por unas flores en el camino y luego ese puesto tiene muchos clientes; una vez que le compré flores a mi mamá, tuve que esperar como veinte minutos a que terminaran un arreglo de alguien que llegó justo antes que yo.

Me entretuve comparando el aroma de las flores, al final te compré unas rosas rojas, olían muy bonito. Dos docenas, apenas las pude acomodar en mi backpack, me dejaron el tallo largo. Las calles estaban tranquilas y yo sentía en la cara el viento y la sonrisa que me provoca pensar en ti.

Cuando iba llegando a tu casa, vi que tu perro se había salido y un auto negro que pasó muy rápido a mi lado no pudo esquivarlo; le aplastó el cráneo. No se detuvo. Una gruesa cuerda invisible se tensó entre mi estómago y mi pecho. Su pequeño cuerpo se movía con espasmos que me dolían; entonces vi la roca.
Nunca había matado nada con ternura.
Cuando me miraste así, sentí que moría.
Texto y fotos: Baalzabut

Baalzabut
Vudúcrata Cero
Expolitólogo, expsicoterapeuta corporal transpersonal, expublicista, exsanyasin. Escritor, guionista y fotógrafo.
No supo lo que tenía hasta que le hizo acupuntura a distancia.














