“At that time I was still under the spell of Max Weber. When I first became acquainted with Heidegger, I said to myself that, in comparison with him, Weber appeared to me as an orphan child in regard to precision and probing and competence. Charity compels me to limit the comparison to the remark that there was no comparison. Gradually the breadth of the revolution of thought which Heidegger was preparing dawned upon me and my generation. We saw with our own eyes that there had been no such phenomenon in the world since Hegel.”

The Rebirth of Classical Political Rationalism, en “What Is Existentialism?” Leo Strauss (1956)

We cannot be philosophers, but we can love philosophy; we can try to philosophize. This philosophizing consists at any rate primarily and in a way chiefly in listening to the conversation between the great philosophers or, more generally and more cautiously, between the greatest minds, and therefore in studying the great books. The greatest minds to whom we ought to listen are by no means exclusively the greatest minds of the West. It is merely an unfortunate necessity which prevents us from listening to the greatest minds of India and of China: we do not understand their languages, and we cannot learn all languages.

What Is Liberal Education? Leo Strauss (1959)

But there’s also another type of person for whom it’s not enough. Or too much. In any case, who aren’t content with things as they are. You can argue all you want about whether they’re more or less wise than others, but the fact is that they’ve never gotten over their astonishment, and can’t live without asking why they’re living, what it all means, and whether it means anything at all. For them, existence is a question mark, and even if they don’t exclude the possibility that there’s no answer, they go on searching, they can’t help it.

«The Kingdom: A Novel»  Emmanuel Carrère (2017)

Entre la esperanza y el cinismo está el ahora. Desde aquí la esperanza es procrastinación y el cinismo, vanidad.

El Eric que puede ser expresado no es el verdadero Eric.

 

(Versión extendida de mi intervención en el homenaje a Eric Herrán, el 20 de agosto de 2026)

Quiero empezar este homenaje a Eric Herrán con un racimo de confesiones personales que, rodeado de herranitas, probablemente corra menos riesgo de interpretarse como un exabrupto de narcisismo terminal y funcione más bien como una nota metodológica o una pauta de poética cognitiva, para entender lo importante que él fue y sigue siendo para mí y el profundo afecto y agradecimiento que le tengo.

Conocí a Eric en una de las encrucijadas más difíciles de mi vida, él me ayudó a entenderla mejor, a hacerla más llevadera e incluso a disfrutarla como una paradoja. Para entonces ya estaba convencido de que había cometido un grave error al inscribirme al ITAM. Uno de esos errores que luego aprendí a apreciar, gracias a Eric, como un accidente feliz[1].

«A veces hay que remar en la oscuridad», me dijo esa vez que fuimos a comer y escuchó con atención que yo quería abandonar la institución en la que siempre me sentí fuera de lugar.

Eran los noventa y yo transitaba una intensa crisis existencial que me llevó a desarrollar tanto una hipertrofiada arrogancia, como un trastorno por abuso de sustancias. Es altamente probable que todos los días que puse un pie en el instituto, lo haya hecho bajo un considerable grado de intoxicación con tetrahidrocannabinol, y en algunas ocasiones con algún enteógeno. Con esa neurodivergencia autoinducida tomé todas las clases que dio Eric y en las que pude inscribirme: Teoría política contemporánea, la Modernidad y sus críticos I y II, Teorías Contemporáneas del poder, Seminario de Investigación; y así volví a entrar, como oyente (y hablante, muy hablante) a varias clases que ya había tomado con él, porque sólo había otro espacio parecido en mi vida al que Eric creaba: un espacio donde él escuchaba mis preguntas más inquietantes y apremiantes, con total atención, con gran paciencia y respeto, para ofrecerme de regreso… más preguntas, que yo también hacía mías y que atesoro hasta la fecha. Eric siempre generoso y compasivo me dejó cuestionarlo todo, una y otra vez. Sus preguntas transformaron a las mías, su manera de pensar y hablar transformó a la mía. Había algo en su manera de articular ideas y construir argumentos, una lucidez acorazada de calma, que en mi infatuación escuchaba como la noble sencillez y la serena grandeza de los antiguos. Eric me pareció, por mucho, lo más cool de todo el departamento de ciencia política.

Intentaré explicar en unos minutos lo que significó para mí, en esos momentos, descubrir su cátedra como un árbol en llamas en el aburridísimo desierto del rational choice.

Justo antes de conocer a Eric, y gracias a la amistad y a una conversación que duró años con Franz Peter Oberarzbacher, había profundizado mis incursiones juveniles (intelectuales y etnofarmacológicas) en algunas tradiciones discursivas premodernas[2], principalmente chamánicas y orientales: consumía dionisiacamente una bibliografía en la que los jungianos fungían como interlocutores occidentales de la experiencia mística; todo este viaje aumentó su intensidad cuando mi práctica del Shivaismo de Cachemira[3] lo inundó todo. Mi sadhana era implacable y devoraba cualquier texto, curricular o extracurricular, para transmutarlo en un relativismo militante, lúdico y radical en partes iguales; esto sólo se profundizó con la exégesis que Franz hizo del vitalismo de Nietzsche y mi descubrimiento, gracias a Eric, de la tradición postmoderna.

Para entonces era un desastre como estudiante y mi arrogancia desdeñaba casi todas las materias; mi crisis había adquirido la forma de una nueva compulsión: ansiaba apuntalar mi propio puente entre oriente y occidente, entre el vacío que crecía y la razón que cada vez me parecía más limitada. Cuando Eric nos introdujo a la Matriz heideggeriana y a los autores que la entendieron y asumieron, de alguna manera, como el mayor reto de la filosofía política, no pude evitar entender a Heidegger como un emisario enmascarado del no dualismo y un interlocutor del Zen.

La crítica de la modernidad, la deconstrucción y la cuestión sobre el fenómeno teológico político, anidaron en mi trastorno obsesivo compulsivo.

Cuando mi postmodernismo radical se agudizó y Eric se percató de esto, siempre sentí que con respeto, paciencia y compasión me acompañó en el trance, como quien conoce bien la sintomatología y la prognosis. En una ocasión, cuando leíamos a Heiddeger, nos regresó a mi amiga Magdalena (una yogini entregada a su práctica) y a mí, una amistosa y provocadora broma (no necesariamente buena, pero didáctica): cuando en complicidad ella y yo nos regocijábamos en abrazar las intuiciones de Ser y tiempo o The Question Concerning Technology, como una reafirmación de nuestra militancia metafísica, Eric nos cantaba All you need is being… en referencia a los Beatles y satirizando nuestro neohippismo, para recordarnos que su clase no era de metafísica comparada ni de crítica literaria. «Estamos aquí para preguntarnos por lo político».

Lo que más tarde descubrí, gracias a Eric, no solo fue la transtextualidad[4] entre su enmarcamiento de la filosofía política y mi periplo existencial. Eric, nuestro Morpheus de la Matrix heideggeriana, me brindó su cápsula roja y yo la tomé sin pensarlo, porque las pocas certezas que me quedaban eran casi todas dolorosas o muletas inservibles.

Siguió un proceso de aprendizaje en el que fui rehabilitándome de mi adicción a las respuestas definitivas y a cualquier clase de dogma; empecé a sentirme cómodo con las preguntas que me angustiaban; seguían ahí, acompañadas por otras nuevas, pero yo ya no era el mismo y mi compulsión por explicar y por entenderlo todo, se transformó en un profundo interés por comprender los procesos cognitivos y el epifenómeno de la conciencia. En esto el Shivaismo de Cachemira me sirvió para convertir la observación de mis procesos mentales y sensoriales en mi laboratorio.

Eric me obsequió muchas cosas valiosas: una suerte de maquinaria orgánica mutante, un dispositivo analítico y discursivo que se activa y modifica al entrar en contacto con nuevos textos, discursos o interlocutores; me dio, como dirían los budistas o shivaítas: un sangam, una comunidad de entusiastas herranitas que llevaba más allá del aula las preguntas y el enmarcamiento herraniano para ejercitar nuestro amor, afición y proclividad por la filosofía política.

Eric y Franz también me dieron la oportunidad de vivir lo que más tarde reconocí en ese texto de Leo Strauss llamado What Is Liberal Education?

Strauss llamó Educación Liberal a la tarea y al reto de crear conversaciones que nunca tuvieron lugar, entre las grandes mentes, entre los grandes libros. El hecho de que estas mentes no coincidieran ni en el tiempo ni en el espacio, ni estuvieran de acuerdo, en muchos casos, acerca de las cuestiones más fundamentales, dotaba de una dificultad que parecía, según el autor de Persecution and the Art of Writing, condenar a la Educación Liberal al absurdo. Sin embargo, Strauss vio en esta actividad la condición para volvernos conscientes de la dignidad de la mente, para comprender «el verdadero fundamento de la dignidad del hombre y con ello la bondad del mundo, ya lo entendamos como creado o como no creado, el cual es el hogar del hombre porque es el hogar de la mente humana.»

Así, en mi mejor época en el instituto estudiaba con Franz, y sus amigos de la UAM, Shivaismo de Cachemira y Kaula Tantra, budismo tibetano y zen; mientras, mis clases con Eric me permitían tanto una especie de higiene mental, que evitaba la cristalización de ese aprendizaje, como crear un diálogo entre estas tradiciones con, por ejemplo, las intuiciones de Claude Lefort sobre lo político, entre la imagen del Shiva Nataraja, cuya danza es la puesta en escena de la realidad; o entre el vacío e impermanencia budista y el lugar que adquiere el poder en la modernidad política; entre la noción de la Matrika Shakti como el poder de las palabras y Maya, la ilusión del mundo, con la intuición heideggeriana de que el lenguaje es la casa del Ser (o la cárcel, como diría después Paul B. Preciado de toda identidad).

Eric se quedó en mi vida como una voz, como una óptica y un sabor, como una calma que renquea pero avanza firme y me permite posponer indefinidamente la necesidad de descansar en conclusiones, liberar a mi mente de su viejo hábito: la insidiosa costumbre de tomarme en serio.

El recuerdo de su voz y su risa graves, es un vehículo que me lleva de inmediato pero sin prisa, más allá de las certezas ñoñas y los autocomplacientes dogmas.

Gracias, Eric; por destruir mis muletas y contagiarme con el profundo entusiasmo para comenzar a sostenerme, en mis propios pies, en la intemperie.

Perder la fe es una experiencia liberadora; la apostasía es una alegría juguetona y traviesa: puede atravesar cualquier circunstancia sin la procrastinación de la esperanza.

Desarmar a dios como se desarma un juguete que ya no usamos y convertirlo en algo útil, reutilizarlo, reciclarlo, compostearlo y transformarlo en un abono para fertilizar la imaginación, la creatividad, la compasión y solidaridad con los demás, con todo ser vivo, con todo lo que sí es real.

 

[1] Bob Ross dixit

[2] Ya era un entusiasta lector de Carlos Castañeda y de Terence Mackenna.

[3] Los postulados básicos de la Filosofía no-dualista del Shaivismo de Cachemira, Franz Peter Oberarzbacher.

https://estudios.itam.mx/sites/default/files/estudiositammx/files/104/104.pdf pp. 81

[4] Gérard Genette,  Palimpsestes: la littérature au second degré, (1982)

 

Foto: Baalzabut

Baalzabut

Baalzabut

Straussiano postmoderno

Expolitólogo, expsicoterapeuta corporal transpersonal, expublicista, exsanyasin. Escritor, guionista y fotógrafo.

No supo lo que tenía hasta que le hizo acupuntura a distancia.