Hay días en que parece haber más elementos para respaldar que “la especie humana se comporta como un virus”; días en que es más fácil creer que somos un patógeno devastador cuya extinción celebraría el resto de las especies del planeta.

Mi pastor, con todo; si se puede: que sea vegano, si no, pues ni modo.

 

Probablemente has visto estudios que al comparar indicadores socioeconómicos con estadísticas de las principales religiones del mundo aportan evidencia para sostener que, a pesar de que ahora hay más gente religiosa en el mundo, la religión persiste en los países más pobres, donde se observa un crecimiento de fieles católicos y la proliferación de iglesias cristianas y protestantes, mientras que en los países con mayores niveles de desarrollo y prosperidad económica se presenta una erosión de las prácticas, creencias y valores religiosos.

O tal vez has leído los resultados de algún otro estudio en el que un gran porcentaje de los encuestados que afirmaron profesar la principal religión abrahámica en México, reconocieron no practicar la liturgia o sacramentos de su iglesia, ni hacerle mucho caso a los doce mandamientos.

En nuestro país, de mayoría taxonómicamente católica, creemos de todo, casi todo el tiempo; especialmente cuando nos visita la tragedia o vemos de cerca a la muerte. Creemos en la buena y la mala suerte, los ateos y agnósticos persignamos la torta cuando se nos cae al piso porque ahí la chupa el diablo; creemos en la brujería y la acupuntura a distancia, en los fantasmas y la astrología; pero sobre todo creemos en el futbol y en la redención casi instantánea que ofrecen unos tacos, en especial los ungidos con esa providencial nomenclatura que indica su origen divino y eucarístico: los de Pastor.

Volvemos a creer en la resurrección cada vez que vencemos una cruda. Nos juramos ante la virgencita para dejar de beber y volvemos a caer en el maldito vicio, a sabiendas de que ella siempre nos perdonará. Creemos en la culpa y el pecado, creemos en nuestras drogas. Preferimos la mayoría de las veces la venganza, la tortura y el castigo, a la justicia.

En México hay ateos y judíos guadalupanos; cristianos que han viajado en ovni y que, vestidos de blanco, pasan los equinoccios abarrotando las pirámides. En nuestro país también contamos con uno de los bastiones más entusiastas (en el corazón del barrio bravo de Tepito) del culto a la Santa Muerte, alias la Niña Bonita, alias la Madre Blanca, alias Mi Flaca Preciosa. También hay en territorio mexicano musulmanes, judíos ortodoxos, budistas, sufís, taoístas, wiccas, guerreros toltecas, jainistas, santeras y santeros, científicos mochos, agnósticos supersticiosos, metaleros extremos, vudúcratas e intelectuales satánicos1.

Pero todos estos distintos creyentes vivimos, de alguna manera insospechada, inadvertida, en una promesa más fantástica que Ganesh, la deidad con cabeza de elefante y cuerpo de hombre, o más neurótica que Yahveh, el dios demasiado humano, narciso y codependiente que describe El Libro de Job; todos vivimos en la promesa de la democracia liberal moderna.

¿Tienes un minuto para hablar de la democracia liberal moderna?

La promesa y aspiración de esta democracia es establecer valores universales, de crear un solo mundo. Todos los días, al despertar en este día de la marmota que es nuestra civilización secularizada, vivimos en la promesa de que la vida humana tiene un valor inconmensurable y aún así, todos los días se hacen cálculos econométricos de su valor preciso en un momento preciso, para tomar decisiones de política pública que producirán, también en periodos estimados, la muerte de miles de personas. En esta civilidad se mata también por placer, por locura, por venganza, por odio, con y sin alevosía, con o sin ventaja, por mano propia o de manera intelectual y subrogada, con y sin cálculo de costos y beneficios.

En años recientes nuestro credo, cada vez más extendido, del advenimiento y la existencia de los derechos humanos nos ha llevado a construir nuevos templos que ahora llamamos instituciones, a reconocer nuevas sagradas escrituras y a emprender cruzadas para defender esos derechos cuya realidad factual, sin embargo, luce espectral y palidece ante la contundencia, dureza y marketing de esas otras realidades más concretas y sus números de muertos diarios: la realidad de la ambición depredadora, productiva, eficiente y devastadora de los mercados, la realidad de la maquinaria industrial de la guerra en todas sus manifestaciones, geopolítica, del crimen organizado, del narcotráfico, de la trata de personas, de la esclavitud; o la realidad de la enfermedad mental pública y sus micro violencias, raciales, de género y de otros odios y revestimientos emocionales que proliferan y se multiplican con la ayuda de las tecnologías de la información, en esta civilización siempre innovadora, repetitiva y autoreferencial.

¿En qué es más fácil creer hoy, en Hobbes o en Rousseau?

¿En Job, en Lucifer o en Yahveh?

¿En la burocracia del Leviatán o en la evolución de la conciencia?

¿En liberales o en multiculturalistas comunitaristas?

¿En Facebook o Google?

Hay días en que parece haber más elementos para respaldar la tesis que el agente Smith2 condensó en una frase: “la especie humana se comporta como un virus”; días en que es más fácil creer que somos un patógeno devastador cuya extinción celebraría el resto de las especies del planeta. El antropoceno parece mostrar con gran elocuencia que uno de los rasgos más virtuosos de la humanidad es su carácter infeccioso, es ser Caballo de Troya de sí misma, es ser cáncer de su vanidad y exterminador de todo lo vivo en el planeta.

Si la promesa de la democracia liberal moderna pudiera escucharse y tuviera voz propia, imagino que tendría el mismo timbre que la voz de Krishna cuando convenció a Arjuna de ir a la guerra contra su propia familia, ese día, en la batalla de Kurukshetra, descrita en el Bhagavad Gita. Si tuviera que explicar cómo entiendo la promesa de la democracia liberal moderna, en el tiempo que se tarda el joven en ponerle salsa a mis tacos, diría algo así, para evitar hablar de la separación entre iglesia y estado o del espacio público y privado:

No importa a qué barbón le reces o cuál sea tu mantra, en una democracia liberal moderna todos tenemos derecho a buscar la felicidad, el nirvana, el mahasamadhi o rigpa, o como sea que concibamos nuestra realización, mientras nuestros rituales o prácticas espirituales no violen las sagradas escrituras y los derechos consagrados en la carta magna.

La promesa de la democracia liberal moderna es una promesa obsesionada con su supuesta neutralidad: una promesa narcisista que se promete a sí misma tratar a todos los discursos de realidad, todas las religiones y metafísicas, con la misma objetividad que envidia de las ciencias duras (ese discurso de realidad, a veces tan petulante y tan seguro de sí mismo, que reconoce a algo como real y verdadero hasta que puede probar, siguiendo su método científico, que ya no lo es).

¿Por qué creemos en la democracia, en la libertad, en nuestra igualdad ante la ley?

¿Por qué creemos en la promesa de la representatividad política, en las elecciones, en los partidos, en los políticos, en los candidatos?

¿Por qué creemos en los tres poderes, esa santísima trinidad que intenta fallidamente columpiarse en un sube y baja, en un mundo donde siempre hay a quien favorecen más la densidad y la masa de sus circunstancias?

En nuestra próxima entrega trataremos de manipular esa contradicción connatural a la democracia liberal moderna sin convertirnos en ouróboros o, al menos, sin mordernos la lengua.

Texto publicado en El Plumaje, de Animal Político.

Baalzabut

Baalzabut

Deconstructor General

Expolitólogo, exterapeuta psicocorporal transpersonal, expublicista. Tiene una fijación con la filosofía política y las metafísicas no dualistas. Creó los Vudúcratas hace 15 años para ayudar a la clase política por medio de la acupuntura a distancia.