A principios de agosto, el sociólogo Bernardo Barranco publicó en La Jornada un texto titulado FRENAA, la derecha desenfrenada. En éste, habla sobre el crecimiento de la extrema derecha en Estados Unidos, Europa e Iberoamérica. En algunos casos nutrida por la corrupción de las élites, como en Brasil, o producto de una rebelión de las clases altas de Bolivia, todos los movimientos glorifican un nacionalismo exacerbado.

En palabras del autor, la extrema derecha exalta la identidad local, evoca con nostalgia el pasado, promueve una atmósfera negativa hacia los extranjeros, siendo misógina, patriarcal y racista. Aunque pueda ser católica o pentecostal, prosigue, es nostálgica de un pasado religioso o moral. Surge como reflejo de la desconexión entre las élites políticas y los reclamos de la ciudadanía, facilitada por la crisis de los partidos políticos.

En México, continúa Barranco, el Frente Nacional Anti AMLO (FRENAA) rescata el discurso anticomunista que enarbola el viejo catolicismo social, con la presencia de actores vinculados con el Yunque. Si bien el movimiento tiene un discurso frágil y contradictorio, es popular ante el rechazo al presidente en algunos sectores y podría ser tomado por otros actores que, sin tanto protagonismo, retomen con eficacia una potencial corriente social e ideológica a través de la extrema derecha.

El entorno es doblemente preocupante, si vemos que en el lado del gobierno impera un discurso moralista, igual de nacionalista, apoyado por grupos evangélicos. Todo ello es apoyado por un movimiento amplio que todavía no encuentra su propia cohesión e institucionalidad, más allá de un líder carismático que recurre día con día a la Biblia y la doctrina cristiana para gobernar.

La mezcla de símbolos del nacionalismo revolucionario y fatalismo cristiano no solo ha sido eficaz para ganar la imaginación de un sector de la población que ha crecido creyendo en esos dogmas por separado: podría permitirle al gobierno escalar su radicalismo en caso de mantener el control sobre la narrativa, tanto a favor o en contra suyo.

 

Peor aún, ambos bandos promueven una visión maniquea de la política, donde todo se reduce a dos polos irreconciliables, cuya única solución de fondo que proponen es marginar al contrario de la vida pública. Por ello les interesa posicionar en el imaginario fechas donde ocurrirá esa gran confrontación: la elección intermedia de 2021 y una posible revocación del mandato para el presidente en 2022. Más allá de eso no les alcanza la imaginación: piensan que todo vendrá por añadidura una vez superada esa prueba.

Una y otra vez la historia nos ha mostrado que nunca acaban bien escenarios como éste. En México, la polarización entre liberales y conservadores a mediados del siglo XIX llevó a más de una década de confrontación entre la revolución de Ayutla y la intervención francesa, donde tomó mucho tiempo recuperarnos. Podríamos oscilar entre líderes autoritarios y demagógicos, donde su única diferencia sea el extremo al que se dirigen.

¿Qué hacer? La única vía parece ser actuar como ciudadano en lugar de feligrés. Decía Carl Sagan en El mundo y sus demonios, que un patriota lo cuestiona todo, sea pseudociencia o demagogia. Sobre todo, reconstruir el centro como espacio de interlocución. En un entorno donde no basta con tener la razón, no se trata de oponerse a algo o cuánta intensidad se empeña al hacerlo, sino que cada quien represente algo distinto y pueda construir puentes de diálogo con otros.

En 2018 colapsó un sistema: nos toca calibrarlo o enfrentar el deterioro.

Fotos: @baalzabut

Fernando Dworak

Fernando Dworak

Melómano

Analista y consultor político. Melómano y amante de la literatura. La combinación de cada categoría puede variar según el contexto.